‘Creía en la buena fe de la gente y la educación’ – Ojo critico
- abril 8, 2026
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El empresario y gestor de la educación Francisco Piedrahita Plata había dicho a EL TIEMPO en 2021: «La diversidad de personas con las que uno se topa ofrece
El empresario y gestor de la educación Francisco Piedrahita Plata había dicho a EL TIEMPO en 2021: «La diversidad de personas con las que uno se topa ofrece
El empresario y gestor de la educación Francisco Piedrahita Plata había dicho a EL TIEMPO en 2021: «La diversidad de personas con las que uno se topa ofrece perspectivas que amplían permanentemente las visiones del mundo que ya uno podía traer. Ver la necesidad de ser interlocutor y académico de las más diversas disciplinas hace crecer la mente y el corazón».
Su muerte generó consternación entre diversos sectores de la sociedad en Cali, en el Valle del Cauca y en el país.
Uno de sus hijos, Esteban Piedrahita, rector de la Universidad Icesi, como lo fue su padre, informó a EL TIEMPO y a la ciudad sobre la triste noticia de su fallecimiento, el pasado 2 de abril.
El hoy rector de la Universidad Icesi, Esteban Piedrahita, y las palabras de tributo a su padre. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO
El 7 de abril, la familia de Francisco Piedrahita, sus amigos, allegados y la comunidad educativa de la Universidad Icesi, que dirigió durante 25 años al punto de transformarla, le rindieron un sentido homenaje.
Al acto asistieron la gobernadora del Valle, Dilian Francisca Toro, y el alcalde de Cali, Alejandro Eder. Se cumplió en el alma máter.
Allí, Esteban Piedrahita hizo un conmovedor discurso ante los asistentes. Estas fueron las palabras dedicadas al maestro y gran ser humano que lo forjó como su hijo y persona; a su familia, a toda una universidad y a una sociedad que lo echa de menos:
Si bien creció en un hogar lleno de amor, de niño fue enfermizo, bastante enclenque, resabiadísimo con la comida y muy tímido. Aunque siempre inteligente y el mejor estudiante.
Mi abuelo, una vez le contrató a un entrenador húngaro que había en Cali por esa época, a ver si se embarnecía un poquito, cuenta que una vez se enrolló entre las cortinas de su casa para evitar interactuar con las amigas de su hermana, mi tía Bertica. Por supuesto no se libró del bullying de algunos compañeros que una vez falsamente lo acusaron de la emisión de un gas que no era de él y le quitaron la excelencia que casi siempre se la daban.
A los 14 años perdió a su papá, cuyo trabajo en Carvajal era el sostén económico de la casa. En estos días he pensado que su florecimiento comenzó cuando se trasladó de una muy parroquial Cali a Bogotá, a estudiar en la Universidad de los Andes, como primer beneficiario de lo que luego sería la Fundación Carvajal, aquí muy bien representada. En su casa paterna, donde abundaba la música, los libros habían brillado por su ausencia.
En los Andes descubrió a muchos pensadores, entre ellos a Darwin, que le estallaron la cabeza al punto de sentirse engañado por los curitas del colegio San Luis Gonzaga. Pero más importante aún, fue allí que conoció y se levantó a su amada Claudia, una preciosa, inteligente y culta rubia bogotana, sensible a las artes, a las flores y a la belleza del mundo. Nos contaba mi mamá que más o menos ella le tuvo que decir que si eran novios o cómo era la cosa, porque él seguía siendo bastante tímido.
Yo también era así a la edad de él. Mi mamá, pues ese hecho, haberla solo conocido, sino saber logrado que se enamorara de él, creo que fue determinante para su autoestima y le abrió además un universo de nuevas posibilidades. Mi mamá fue por casi 60 años su compañera incondicional, indispensable. Cuando éramos chiquitos, Gabriel y yo, mi papá trabajaba muy duro y muy feliz en Carvajal, lejísimo de nuestra casa.
Nos dejaba temprano en el colegio y regresaba de noche y trabajaba medio tiempo los sábados. Pero siempre tuvimos tiempo de calidad con él. En esa época nosotros le decíamos Pacho, más que papi o papá.
Nos recuerdo resolviendo word problems, les encantaba ponernos acertijos con matemáticas en su cama en una mañana de domingo, los tres en pijama. Recuerdo la ayuda de los proyectos de la feria de ciencias, la ayuda entusiasta del colegio, los partidos de fútbol, cómo no, que jugaba con mis amigos, oficiando como una especie de árbitro, pero en ocasiones también repartiendo pata.
El hoy rector de la Universidad Icesi, Esteban Piedrahita, en el homenaje a su padre. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO
Era el que se entusiasmaba más que yo con la búsqueda y evaluación de universidades de Norteamérica.
Me decía: ‘Si entras a una de las mejores, te la pagamos, si no, vas para los Andes’.
Fue una enorme alegría que sus hijos pudieran estudiar, estudiamos y esa fue la mejor herencia que nuestros padres nos pudieron dar.
No recuerdo que mi papá nos dijera que había que estudiar o hacer las tareas a tal hora, como él, al menos Gabriel y yo, siempre hemos sido procrastinadores, no sé Vicente.
Lográbamos hacer las cosas, pero al final mi mamá siempre sufría con los discursos de la Icesi, que mi papá escribía a último momento. Nos guiaba siempre con el ejemplo y felizmente nosotros éramos curiosos y nos gustaba aprender. Era una persona de una enorme bonhomía y padecía casi siempre del mejor genio.
El hoy rector de la Universidad Icesi, Esteban Piedrahita, con doña Claudia de Piedrahita. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO
También recuerdo la mañana que salió en bata con chanclas y con la oxidada escopeta de mi abuelo, que creo que nunca disparó, a buscar el perro del vecino que me había mordido.
Y la primera vez que he echó un madrazo enfrente de mí, estábamos en el Pascual Guerrero viendo el Deportivo Cali, nos llevaba a Occidental, tercer piso, porque el segundo le parecía muy caro, él era austero en casi todo, menos en la educación de sus hijos y luego en sus viajes. En algún trance del partido gritó, árbitro (…). Yo recuerdo haberlo mirado y haber quedado pasmado.
Por supuesto, pues era humano y no estaba exento de padecer el road rage (furia en la carretera) en el caótico tráfico caleño o de rabiar contra algún presidente o ministro despistado en política educativa.
Fue muy feliz en Carvajal, una organización que tenía una cultura singular y apoyaba con decisión la formación de sus colaboradores.
Con ellos fue estudiante en Oxford, hizo con Jaime Prado, que por aquí está un programa en Japón. Lideró muchísimas innovaciones. Se sentía muy orgulloso de Jean Book, que creo que fue, si no el primero, de los primeros cuadernos de marca en el mundo y muchas otras cosas con su combinación singular de curiosidad, rigurosidad y trato amable y cercano.
La gobernadora del Valle, Dilian Francisca Toro, junto al alcalde Alejandro Eder en el homenaje. Foto:Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO
Ascendió rápidamente en la organización representándola en Puerto Rico; luego en varios cargos ejecutivos en Colombia, después en Miami, en Estados Unidos, y pensando en tener dólares con qué pagar los semestres de sus hijos, que eran cosa seria. Y finalmente como presidente de una de sus empresas.
Llegó a ser prácticamente el segundo de esa emblemática multinacional vallecaucana que por entonces era quizás la empresa más admirada de Colombia.
Mi amado hermano Gabriel, el más inteligente, sensible y guapo de los tres, el segundo de lejos es Vicente, murió en su último año en Harvard. Gabriel había nacido en Puerto Rico y había manifestado que una vez graduado quería ingresar a Teach for America y ser profesor por un año en algún colegio público en los Estados Unidos. Su muy temprana muerte fue lo más trágico y desgarrador de nuestras vidas.
Su regalo, sin embargo, fue el giro en las carreras de mi papá, quien se postuló a la rectoría de Icesi y de mi mamá, quien lideró la fundación Gabriel Piedrahita Uribe y el portal Eduteca, hoy Eduteca Lab, de enorme éxito entre centenares de miles de maestros de toda Iberoamérica.
Yo también considero un regalo de Gabriel poder ser hoy, de la mano de un extraordinario equipo, de una junta directiva que me apoya sin reservas, el principal custodio de esta maravilla de institución que es Icesi. Fue descomunalmente feliz, mi padre aquí (en la Universidad Icesi), abriendo la universidad para siempre a estudiantes, profesores y grupos de otros orígenes y perspectivas, instaurando el humanismo en el centro de la práctica pedagógica siempre innovadora y proyectándolo al mundo.
Mi papá recibió un instituto de calidad, pero muy homogéneo, ilimitado en sus alcances académicos y disciplinares, y entregó una universidad en todo el sentido de la palabra, líder reconocida en enseñanza y aprendizaje, con una apuesta fuerte en investigación y conectada como pocas a su entorno y a las organizaciones y empresas.
Hoy me resulta increíble que al principio de su rectoría y en dos ocasiones diferentes me dijo que estaba considerando renunciar para aspirar a la Alcaldía de Cali porque lo agobiaba y lo entristecía lo bajo que había caído la administración de esta ciudad. Se atravesaron, felizmente digo yo, las aspiraciones de su querido sobrino Kiko, quien nos acompaña hoy, pero creo que el solo hecho de que contemplara esa posibilidad en dos ocasiones diferentes demuestra contundente su voluntad de servicio y de su abnegación.
Alguna vez le mencioné que me parecía como bacano su cargo de rector. Como era alérgico al nepotismo, a las palancas y a pedir favores se puso como mosca y me dijo: ‘Si es así te tienes que poner a enseñar y acercarte al medio académico’. Debo confesar para mi vergüenza, sin embargo, que no seguí sus consejos.
Algunos años después, ya cuando había tomado la decisión de renunciar a la rectoría y quizás viendo que de pronto yo no lo haría tan mal y que gracias a él y a mi mamá había tenido una educación privilegiada, tenía una fantástica red internacional y había tenido una diversidad de experiencias profesionales muy enriquecedoras, me alentó a postularme y se alegró con mi designación por el Consejo Superior y la junta.
Desde que entré a la universidad fue muy respetuoso con mis decisiones, algunas de ellas muy dolorosas. Alguna vez, un par de veces alegamos sobre un par de temas menores, pero que recuerdo que me decía: ‘Estoy de acuerdo con casi todo lo que estás haciendo en Icesi’.
También me dio consejos que no olvido, como por ejemplo, que los programas de ciencias sociales son los que le dan carácter a la universidad y que no gano nada o no ganamos nada y perdemos mucho cerrando programas pequeños y más bien debemos mirar cómo aliviamos sus costos.
Mi papá no era creyente ni espiritual en el sentido convencional de la palabra. Creía profundamente, eso sí, en la buena fe de las personas, en la capacidad transformadora de la educación, en el valor social que generan las empresas, las organizaciones y otras iniciativas colectivas cuando tienen claro su propósito y son bien gestionadas.
Creía, por supuesto, en la democracia, pero también en la técnica y en la ciencia y en que los que más hemos recibido de la vida somos quienes más responsabilidad tenemos con nuestra sociedad.
Su paraíso era terrenal y sus cátedras, las aulas y los bosques; sus ángeles quizás, los becarios de Icesi y las coloridas maravillas aladas que persiguió en 50 países de seis continentes.
Me estoy extendiendo mucho y tenemos otras palabras, pero quiero terminar con algunos lemas que tenía mi papá y lecciones que me dejó.
El primero y lo decía abiertamente es que conscientemente se comprometía más de lo que creía que cabalmente podía cumplir. No dejaba llamada, mensaje o correo sin responder, ni compromiso sin atender. Creo que por eso pudo tocar tantas vidas en tantos ámbitos y por eso hemos recibido tantas maravillosas anécdotas e historias sobre ello.
Mi papá no se sentía más que nadie, pero tampoco menos, también tenía su orgullo y nunca le oí un comentario racista, machista o lo que es más común tristemente en el medio que creció y vivió, clasista.
El optimismo era para él una apuesta vital, lo mismo que la confianza en los demás, tan escasa en nuestra querida Colombia.
A pesar de sus logros profesionales, una vez le pregunté de qué era de lo que más orgulloso se sentía y me respondió sin titubear: ‘De mi familia y de mis hijos’.
Mi papá nos dijo varias veces que tenía que vivir hasta los 110 años porque era el tiempo que necesitaba en su primera estimación para lograr fotografiar las aproximadamente 11.000 especies de aves que hay en el planeta.
Luego, cuando se dio cuenta de los rendimientos marginales decrecientes, de que entre más aves tenía, más lejos había que ir y más difícil era llegar a las 11.000. Revisó, siempre muy metódico y muy cuantitativo y nos decía que necesitaba salud y presupuesto para llegar a los 120.
No le temía la muerte, pero hasta el último momento quiso la vida.
Hace un mes volvió del Japón feliz porque había fotografiado unas águilas, grullas y búhos majestuosos al norte de Japón, casi llegando a Siberia, el equivalente al Far West del Japón o a la Amazonia nuestra y con ellas había completado las 4.200 especies. Vivió a plenitud y con alegría, con convicción y con gratitud hasta el último momento.
Muchas gracias a todos ustedes por quererlo tanto.
CAROLINA BOHÓRQUEZ
Corresponsal de EL TIEMPO
Cali
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